UN VOLCÁN Y UNA HISTORIA

El ascenso

Eran las 6 am y nos reunimos para vestirnos con la ropa y protección especial con las que íbamos a subir el Volcán Villarrica. Guantes, cascos, rodilleras y zapatos para la nieve eran parte de la vestimenta, además de lo que cargaríamos en las mochilas.

Joaquín (guía), nos había dicho que el ascenso sería algo duro por la nieve caída. Indicó que nuestro premio al esfuerzo sería descender en un trineo, así que nos invitó a disfrutar la aventura.

Mis escasas 10 cumbres habían sido sólo una preparación para este nuevo reto. Llegué al inicio de la montaña y me pareció imposible.  Unos meses antes, me habían diagnosticado una lesión lumbar. A pesar de eso, yo quería intentar el ascenso.

Comencé a seguir a mis 19 compañeros de aventura incluyendo mi esposo, que caminaban en fila india y a paso lento pero constante.

La primera hora fue dura, ascender un cerro o una montaña de tierra en la que encuentras piedras, matorrales y arbustos tiene su dificultad. Pero cuando lo haces sobre nieve, esa dificultad se multiplica.

Un paso y otro más se sumaron y ya luego de unas dos horas de caminata tuvimos el primer descanso. A esa altura y a poco menos de la mitad del trayecto, el paisaje a nuestro alrededor era imponente. La ciudad y el lago rodeado por bosques ordenados como mantas verdes impactaban mis sentidos. Por ahí dicen que la montaña es mágica y que te suceden cosas al subir y al bajar.  Es interesante observar lo que te pasa cuando no hay ruido externo y apareces tú dialogando contigo misma. El ascenso es de alguna forma también un viaje al mundo interior

A medida que fuimos subiendo, mis pasos se hicieron más lentos y el dolor en mi lesión se hacía notar al igual que el cansancio. En ese momento recordé lo que Joaquín nos había dicho.

Tuve que arengarme varias veces para continuar. Mi caminar se ralentizó y mis compañeros de aventura parecían acelerarse en la medida que nos acercábamos a la cumbre. Ya a 20 minutos de llegar, podía ver a unos 10 metros las huellas en la fila india que dejaba el penúltimo caminante en la fila.  La última era yo.

Durante la última hora de ascenso me detuve, intentando recoger algo más de energía para “atacar la cumbre”. Me volteé para ver el camino recorrido hasta llegar un punto en el que ya no era posible distinguir detalles. La sensación de inmensidad era tremenda y el aire puro, fresco y frío, llenaba mis pulmones mientras un el sol me regalaba luz y calor. ¡Qué sensación más plena! Me inundaba una emoción de logro, felicidad pura y euforia interna, la meta aparecía a mi vista y a solo unos pasos de caminata.

Después de unos pasos, la cumbre del volcán estaba frente a mis ojos.  Majestuosa, imponente, poderosa.

No podía creerlo. Tanta belleza en un solo lugar. Abracé con fuerza y emoción a mi esposo y a mis guías de montaña. Luego caminé hacia el cráter con varias emociones encontradas. Lo había logrado contra todo pronóstico y en un año en el que cualquier logro me parecía imposible.

Mal podía saber que esa sensación me duraría poco, ya que el descenso iba a ser otra historia.

El descenso

Luego de la euforia del arribo a la meta, Joaquín nos reunió en un círculo a todos los caminantes aficionados. Nos pidió que sacáramos los elementos y ropa adicional que habíamos cargado en la mochila y que nos vistiéramos para el descenso en el trineo.

Escuché de nuevo lo del trineo y aparecieron varias preguntas absurdas en mi cabeza: ¿Un trineo para cada uno? ¿cómo habían subido tantos trineos a la cumbre?, ¿lo habrían hecho con un helicóptero? O quizás tenían una bodega de trineos en la cumbre del volcán… ¿Cómo mantendrían esa bodega a salvo entre tanta nieve? ¿Podría escoger el color de mi trineo? ¿Bajaría sola o habría trineos para descender en pareja?

Después de unos minutos y ya vestidos para descender el guía nos dice que saquemos del bolsillo delantero el último elemento de la mochila, el más importante de todos: “El pañal”.

Largué una carcajada que luego pasó a ataque de risa cuando señaló que esa especie de pañal – que teníamos que encajarnos entre las piernas tal y como se le coloca un pañal a un recién nacido – ¡era el trineo que nos llevaría de vuelta!

Al sentarme sobre el “pañal” que Joaquín también llamaba “culipatín”, nos informaron que este se deslizaría por la nieve. Este agarraría velocidad y por cierto, (para mi tranquilidad) contaría con un mecanismo manual que nos permitiría frenar a voluntad.

Así que luego de conocer mi nuevo método de transporte y de dirigir mi mirada hacia mis extremidades para ver si había quedado bien instalado el “culipatín”, la siguiente interrogante era si bajaría sola o acompañada.

Ya a esta altura, la estética había pasado a último plano y la meta era sobrevivir.  Así que decidí que tendría que asegurar mi descenso al bajar agarrada de alguien que me diera alguna seguridad.

Me debatí entre mi esposo Andrés, (quien se venía jactando conmigo hace meses de sus 200 cumbres) y Joaquín el guía. Por supuesto que en momentos de terror extremo una decide por su vida.  Así que le deseé suerte a mi esposo y me fui derecho a mi segunda alternativa.

Cuando mis niveles de miedo ya estaban controlados, me senté en la nieve, abracé al guía firmemente por la espalda y entonces lo escucho gritar a todo pulmón: “Por fin la mejor parte!”

Se lanza a toda velocidad, conmigo agarrada atrás y siento mi estómago subir hacia mi garganta en una fracción de de segundos.

“No querías aventuraaaa Karen! ¡Aquí tienes! ¡Me dicen el loco Joaquín!”, grita él.

Sentí la velocidad en mi cara, entré en pánico y comencé a gritarle con desesperación: “Vas muy rápidooo , vas muy rápidooo!” Ahora que lo pienso, estoy segura que  entendió: “Más rápidoooo!!!” Al ver que no se inmutaba, con la mano le di rápidos golpes en los brazos y hombros. A esta altura ya la compostura y distancia personal se habían borrado por completo.

Mis golpes improvisados, más que informarle mi estado de angustia, le daban una errada señal de que yo quería más. Parecía que para Joaquín, mis golpes y gritos suponían el mensaje que les das a los caballos cuando los montas y quieres acelerar.

Luego de largos minutos bajando e fallidos intentos para que mi guía de montaña redujera la velocidad, reconocimos la falda del cerro y lo escuché decir: Karen!! Llegamos a la base!

Solté una carcajada y luego grité: POR FIIIIN!!

Habían sido algo más de 6 horas de caminata y una hora y media o quizás algo más de culipatín.

En silencio intenté asimilar el día vivido y aún más, el contraste en emociones experimentado. No sólo el asombro ante la majestuosidad de la cumbre del volcán, sino también la risa y terror del descenso a manos de Joaquín, el guía.

Revisa fotos de mis aventuras y conferencias acá.

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Lee ESE VIAJE QUE NUNCA OLVIDE: https://karenmontalva.com/viaje-que-nunca-olvide/

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